Dios espera un corazón agradecido


1 Tesalonicenses 5:18

«Un estado de mente que ve a Dios en todas las cosas, es evidencia de crecimiento en la gracia y de un corazón agradecido.» Lo dice Charles Finney, célebre predicador cristiano de la Ley moral de Dios y sus implicaciones. Da uno por hecho lo evidente y nuestro cerebro lo encuentra normal y procedente, por más que sea errado, ridículo y/o dañino. Se nos hace normal lo que todos hacen, aún si hace daño o nos desacredita o nos señala como unos pecadores. Nuestros pensamientos son simples, acomodaticios y sin gracia, somos indiferentes al respecto. Encima, para colmo, exigimos favores, hacemos peticiones al por mayor, cual si éstas merecieran ser contestadas por un genio. Lo dicho, no vemos a Dios en todas la cosas y no somos agradecidos.

Antiguamente, se le decía «no seas desagradecido» a quien no reconocía el favor y se le mostraba incomodidad por la ingratitud flagrante. Hoy, es fácil pasar por alto los favores recibidos, la vergüenza y el bochorno se han vuelto relativos. Hemos perdido el sentido común del respeto, somos indiferentes a la generosidad de los demás, los corazones están duros. Estrictamente hablando, se ha perdido la vergüenza, ¿y cómo no, si ya nadie la usa?

La gente cree tener el derecho a hacer de su vida lo que sea. Quien espera atención y reverencia para sus tonterías suele, por otra parte, regatear los hechos a favor de sí mismo, entre más reciba, parece mejor. Tienen el síndrome de la esponja, que todo absorbe. El egoísmo es el sello de la actitud mi, me y conmigo. Así ocurre, en un tris tragicómico, que lo que era un sentir se transforma en un hecho triste para todos aquellos que la suscriben. Tal como ocurre con la actitud conquistadora, capaz de seducir y cegar a los más avispados, la moralidad del egoísta es una agresión que lastima irremediablemente. Alguien está aquí loco o no quiere entender los principios de Dios que le pueden dar vida.

Ciertas locuras tienen sus privilegios. Uno de ellos, acaso el más cruel, el pensar que los demás no se darán cuenta y pretender pasar por desapercibido, como si nada pasara. ¿Qué pasaría si aquí y ahora proponemos al más grande criminal, violador y secuestrador egoísta como el Premio Nobel del Agradecimiento, por no decir que de la Paz? ¿Cuántos me aplaudirían por reconocer al más vil como el más agradecido?¿Son todos mentirosos, sus compañeros y conocidos, o es que sus mecanismos cerebrales no les permiten tener un gramo de agradecimiento? A menudo, se les tilda de fariseos porque van a una iglesia y se reúnen, levantan las manos y adoran; prevaleciendo la dureza de su barbaridad egoísta. Gente que ya aprendió a «santificarse» levantando manos, no a pesar sino a causa de su inconsistencia. Los hay pastores y líderes que de antemano cuentan con la ceguera de sus seguidores que creen íntimamente lo que sus líderes les dicen, sin la Palabra de Dios. Como tantos amantes mancornados, creen lo que necesitan, y nada necesitan más que seguir creyendo. Una fe fatalista, sin agradecimiento.

Ser un líder de un grupo hace parecer que decir barbaridades, sostenerlas, esparcirlas y salirse con la suya sin agradecer al Creador es la forma de controlar y manipular, hace parecer un poder aplastante. No sólo egoísmo, también orgullo. La conciencia se pierde haciendo ver al rojo como verde y al azul como blanco. Triste y cínicamente se dicen cristianos.

De todos los sentidos, no hay algo más mermado que la falta de vergüenza. Habituados a su indiferencia y egoísmo, tratan de verse en las redes sociales como cristianos, publican mensajitos y buscando que la gente los vea con admiración. Cuesta reconocerlos, si es que uno los conoce y sabe que son otros en la vida real. Pero ellos no se enteran, y al paso de algún tiempo terminan por creerse supercristianos, ser lo que no son.

Es demasiado tarde para hacer distinciones entre la desmemoria y el desagradecimiento. Con tanta información yendo y viniendo, la gente está ocultando lo que hay en su corazón, parece que están ciegos. No, no están ciegos, sus corazones están duros por desagradecidos. Aleluya, mentirosos y farsantes: ¿son tiempos de salirse con la suya? Hay un Dios que todo lo ve y espera un corazón agradecido. ¿Lo tendrás?

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